¿Y si aprender a hablar de la muerte también fuera una manera de aprender a vivir?
Hay palabras que pronunciamos con facilidad: nacimiento, crecimiento, sueños, proyectos, futuro. Y hay otra que muchas veces evitamos, decimos en voz baja o sustituimos por expresiones que parecen menos difíciles: muerte.
Sabemos que la muerte existe, sabemos que forma parte de nuestra historia desde el mismo instante en que comenzamos a vivir, sin embargo, pocas veces nos educamos para comprenderla.
Nos preparamos para muchas etapas de la existencia. aprendemos sobre la infancia, la adolescencia, la vida adulta, las relaciones, el trabajo, la maternidad o paternidad y, cada vez más, sobre el envejecimiento; pero pocas veces se nos enseña a pensar sobre interrogantes como:
- ¿Qué sucede cuando la vida comienza a acercarse a su final?
- ¿Cómo acompañamos a alguien que está muriendo?
- ¿Cómo hablamos de nuestros propios temores?
- ¿Cómo nos despedimos?
- ¿Cómo enfrentamos las palabras que quedaron pendientes?
- ¿Cómo aprendemos a aceptar que aquello que amamos también es finito?
Y es ahí donde concluyo: Quizá necesitamos comenzar a hablar de la muerte antes de que la muerte llegue a nuestra puerta.
¿Por qué nos cuesta tanto hablar de la muerte?
Para muchas personas, mencionar la muerte genera incomodidad, algunas veces evitamos el tema porque creemos que hablar de ella puede entristecernos o que es mejor evitar el tema para no preocupar a nuestros seres queridos.
Incluso utilizamos expresiones para evitar pronunciarla: se fue, partió, nos dejó, ya no está… Y estas frases no son incorrectas, son palabras amorosas de expresar algo que resulta profundamente doloroso; el problema aparece cuando el silencio nos impide conversar sobre una realidad inevitable, es decir, evitar hablar de la muerte no hace que desaparezca, lo que puede resultar en menos preparación para comprenderla, acompañarla y atravesarla.
Hablar de la muerte no significa dejar de amar la vida
Hablar de la muerte tampoco significa vivir pensando constantemente en ella, ni vivir con miedo, ni esperar que algo malo suceda; puede significar justamente lo contrario: reconocer que nuestra vida tiene un límite y desde esa conciencia, comprender el enorme valor del tiempo que tenemos.
La psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross abrió durante el siglo XX una conversación fundamental sobre la experiencia de las personas que se encontraban cerca del final de sus vidas. Su trabajo permitió escuchar algo que durante mucho tiempo había permanecido detrás de las puertas de los hospitales: las emociones, necesidades, temores y esperanzas de las personas que estaban muriendo. Nos enseñó que detrás del paciente continuaba existiendo una persona; una persona que podía necesitar hablar, preguntar, recordar, una persona con derecho a expresar sus miedos, con derecho de guardar silencio y por supuesto con necesidad de despedirse; o simplemente una persona con deseo de sentir que alguien permanecía a su lado.
Décadas después, el médico y escritor Atul Gawande volvió a plantear una cuestión profundamente humana: cuando la medicina ya no puede detener el avance de una enfermedad, necesitamos comenzar a preguntarnos no solamente cuánto tiempo podemos prolongar la vida, sino qué es importante para la persona durante el tiempo que permanece.
Y esa pregunta cambia profundamente nuestra manera de comprender el final.
Educar para la muerte también es aprender a acompañar
La Organización Mundial de la Salud plantea que los cuidados paliativos buscan mejorar la calidad de vida de pacientes y familias ante enfermedades potencialmente mortales, atendiendo el sufrimiento desde diferentes dimensiones: físicas, psicológicas, sociales y espirituales. Esto nos recuerda algo importante: morir no es solamente un acontecimiento biológico, es también una experiencia humana.
Y alrededor de esa experiencia existen vínculos, recuerdos, temores, decisiones, conversaciones y despedidas; por eso educarnos para la muerte puede ayudarnos a desarrollar algo que ningún manual puede sustituir completamente: la capacidad de estar presentes.
No siempre tendremos las palabras correctas, tal vez ni siquiera existan, pero podemos aprender a escuchar sin apresurarnos a responder, aprender a acompañar sin intentar solucionar lo que no puede solucionarse, a respetar silencios y a preguntar qué necesita la otra persona… Y algunas veces, simplemente a permanecer a su lado.
La naturaleza lleva toda la vida enseñándonos sobre los ciclos
Basta observarla para comprender que: una semilla comienza bajo la tierra, brota, crece, florece, da frutos y algún día vuelve a la tierra. Las hojas aparecen, cambian de color y caen; las flores se abren y finalmente se marchitan.
Y desde nuestra cotidianeidad podemos ver que el día comienza y termina, las estaciones llegan y se despiden, la naturaleza nunca permanece exactamente igual… nosotros tampoco.
Somos parte de esos ciclos aunque, en ocasiones, nuestra conciencia humana se resista profundamente a aceptarlo, reconocer la muerte como parte natural de la existencia no significa que dejará de dolernos despedir a quienes amamos: El conocimiento no elimina el dolor del amor; pero quizá pueda ayudarnos a comprender que la muerte no es una anomalía de la vida…Forma parte de ella.
Hay conversaciones que no deberían esperar
Quizá una de las enseñanzas más importantes que puede ofrecernos la conciencia de nuestra propia finitud sea comprender que algunas cosas no deberían esperar indefinidamente:
- Ese te quiero que damos por entendido.
- Ese gracias que nunca pronunciamos.
- Ese perdóname que seguimos postergando.
- Ese abrazo, esa conversación, esa visita.
- Ese sueño que continuamos dejando para algún día.
Vivimos muchas veces como si el tiempo fuera infinito, como si siempre existiera otro momento, otra oportunidad, otro mañana; pero nuestra condición humana nos recuerda que no podemos saber cuánto tiempo tendremo y lejos de ser una idea triste, puede convertirse en una invitación profundamente hermosa: estar más presentes en nuestra propia vida.
Quizá necesitamos hablar de la muerte mientras estamos llenos de vida
Quizá necesitamos hablar de la muerte mientras estamos llenos de vida y no solamente cuando llega un diagnóstico, cuando envejecemos o cuando una pérdida nos obliga a enfrentarla. Podemos comenzar mucho antes, conversando con nuestras familias sobre nuestros deseos, aprendiendo acerca de los procesos de final de vida, comprendiendo mejor el duelo y expresando cómo quisiéramos ser acompañados cuando llegue ese momento. También podemos atrevernos a preguntar a quienes amamos qué es verdaderamente importante para ellos, qué necesitan y cómo desean vivir cada etapa de su existencia. Porque hablar de la muerte no la acerca ni la provoca; por el contrario, puede acercarnos a conversaciones profundas que solemos postergar y ayudarnos a vivir nuestros vínculos con mayor presencia, conciencia y amor.
Para llevar contigo
Hoy no quiero invitarte a pensar en la muerte desde el miedo.
Quiero proponerte algo diferente:
- Mirá tu vida
- Las personas que amas
- Las conversaciones pendientes
- Los sueños que continúas posponiendo
- Los abrazos que todavía puedes dar
Y reflexiona sobre esta pregunta:
Si comprender que mi tiempo es finito pudiera enseñarme algo sobre mi manera de vivir, ¿qué me estaría pidiendo cambiar hoy?
Quizá allí comienza nuestra educación sobre la muerte.
Curiosamente, no comienza hablando del final: Comienza mirando nuestra vida.
Seguiremos conversando…
Este artículo abre una serie de reflexiones sobre un tema que durante mucho tiempo hemos mantenido en silencio.
En nuestra próxima entrega hablaremos de:
¿Por qué nos cuesta tanto hablar de la muerte?
Exploraremos cómo la familia, la cultura, nuestros miedos y algunas ideas aprendidas han construido ese silencio alrededor de una experiencia que forma parte de todos nosotros.
Porque quizá podamos aprender una nueva manera de relacionarnos con nuestra finitud.
No para vivir pensando en morir… Sino para vivir más conscientes de estar vivos.