¿Por qué nos cuesta tanto hablar de la muerte?

Silencios familiares, miedo, cultura y negación ante una realidad que forma parte de todos nosotros.  En la primera entrega de esta serie nos permitimos acercarnos a una idea que quizá no resulta sencilla: la muerte también forma parte de la vida, pero reconocerlo intelectualmente no significa que nos resulte fácil hablar de ella.

Podemos conversar durante horas sobre nuestros planes, nuestros hijos, el trabajo, las vacaciones, aquello que queremos hacer cuando nos jubilemos e incluso sobre cómo imaginamos nuestra vejez; sin embargo, cuando la conversación se acerca a la muerte, algo cambia, bajamos la voz, cambiamos de tema, decimos “mejor no pensemos en eso”. O aparece una frase que seguramente muchos hemos escuchado alguna vez: “No hablés de eso, no vaya a ser que la llamés”; como si nombrar la muerte pudiera acercarla, como si guardar silencio pudiera mantenerla lejos.

¿Por qué nos cuesta tanto hablar de algo que sabemos que, tarde o temprano, formará parte de nuestra historia?

Tal vez la respuesta no se encuentre en una sola razón, está en nuestros miedos, en nuestra historia familiar, en nuestra cultura y también en una sociedad que nos ha enseñado mucho sobre cómo prolongar la vida, pero poco sobre cómo comprender su final.

El silencio también se aprende

Mucho de lo que sabemos —o no sabemos— sobre la muerte comienza en casa. Pensemos por un momento en nuestra infancia:

  • ¿Qué sucedía cuando alguien moría?
  • ¿Los adultos hablaban con nosotros?
  • ¿Nos explicaban lo que estaba ocurriendo?
  • ¿Podíamos preguntar?
  • ¿O escuchábamos conversaciones a medias detrás de una puerta?

En muchas familias, el silencio nace del amor: 1ueremos proteger, no queremos preocupar, creemos que evitar el tema impedirá que la otra persona sufra y es como  aprendemos desde muy temprano, una asociación poderosa: de la muerte es mejor no hablar.

Con el paso de los años podemos repetir ese mismo patrón sin darnos cuenta, no hablamos con nuestros padres porque no queremos entristecerlos y por otro lado, los padres no hablan con sus hijos porque quieren protegerlos. Las parejas evitan preguntarse qué desearían si alguno enfermara gravemente y al final  todos esperamos “al momento adecuado” hasta que alguna circunstancia nos obliga a conversar sobre el tema que hemos pasado gran parte de nueva vida evadiendo:  la muerte.

El problema no es haber sentido miedo, el problema aparece cuando el miedo decide por nosotros qué conversaciones podemos tener.

Tenemos miedo porque la muerte nos recuerda que no podemos controlarlo todo

Hablar de nuestra propia muerte nos enfrenta a una de las verdades más difíciles de aceptar: somos vulnerables. Podemos cuidar nuestra salud, hacer planes, prevenir riesgos y construir proyectos para el futuro y todo eso es valioso, pero existe una parte de la vida que nunca podremos controlar completamente; la muerte nos confronta con nuestra finitud y con muchas preguntas para las que quizá no tenemos respuestas:

  • ¿Cuándo?
  • ¿Cómo?
  • ¿Qué sentiré?
  • ¿Qué ocurrirá con las personas que amo?
  • ¿Sufriré?
  • ¿Estaré acompañado?
  • ¿Habré vivido como realmente quería?

Por eso, algunas veces no evitamos únicamente hablar de la muerte, evitamos lo que pensar en ella despierta dentro de nosotros, y eso merece comprensión, no juicio.

La cultura también nos enseña cómo mirar la muerte

No todas las sociedades comprenden ni viven la muerte de la misma manera, existen culturas en las que los rituales, la familia y la comunidad mantienen una relación mucho más visible con el morir y con los muertos; en otras, la muerte se ha ido alejando progresivamente de la vida cotidiana; es decir nuestras creencias, costumbres, rituales y experiencias sociales influyen profundamente en la manera en que entendemos el final de la vida.

La propia Organización Mundial de la Salud reconoce que las creencias culturales y sociales acerca de la muerte y del proceso de morir pueden convertirse en barreras para comprender y acceder adecuadamente a los cuidados paliativos.

Esto nos muestra algo importante: nuestra manera de mirar la muerte no nace únicamente de nosotros, también la aprendemos del mundo que nos rodea. Por eso algunas personas pueden hablar del tema con naturalidad mientras que para otras resulta profundamente incómodo; no necesariamente existe una manera única y correcta de hacerlo. Lo importante es crear espacios donde podamos preguntar, aprender y conversar respetando los valores y creencias de cada persona.

Cuando negar parece más fácil que aceptar

La negación suele tener una connotación negativa, pero también puede aparecer como una respuesta humana ante algo que resulta demasiado difícil de asimilar. Cuando recibimos una noticia que amenaza nuestra sensación de seguridad, podemos necesitar tiempo para comprenderla:

  • Esto no puede estar pasando.
  • Debe existir otra explicación.
  • Seguro todo estará bien.

No necesariamente se trata de falta de inteligencia o de fortaleza, algunas veces nuestra mente necesita acercarse gradualmente a una realidad dolorosa. El problema surge cuando la negación deja de ser un momento dentro del proceso y se convierte en una barrera permanente que impide hablar, preguntar, tomar decisiones o expresar deseos, porque existen conversaciones que necesitan tiempo y si esperamos hasta el último momento, quizá ese tiempo ya no esté disponible.

Hablar de la muerte no significa perder la esperanza

Este es uno de los temores más profundos pues en ocasiones pensamos que hablar sobre la posibilidad de morir significa rendirse; que preguntar a una persona enferma cómo quiere ser acompañada equivale a decirle que hemos dejado de creer en su recuperación; que conversar sobre cuidados paliativos significa abandonar, pero la realidad es que ambas cosas pueden coexistir; es decir, podemos esperar una recuperación y al mismo tiempo, hablar de nuestros temores. Podemos recibir tratamiento y expresar nuestras preferencias, podemos mantener esperanza y también prepararnos para diferentes posibilidades.

La Organización Mundial de la Salud señala precisamente la importancia de proporcionar información honesta sobre el pronóstico de una manera culturalmente sensible y de involucrar tempranamente a las personas y sus familias en conversaciones sobre sus preferencias y valores.

Hablar con honestidad no necesariamente destruye la esperanza, puede ayudarnos a darle un significado diferente donde la esperanza, ya no sea únicamente esperar que nada cambie, puede ser desear estar acompañado, no sufrir innecesariamente, poder decidir, tener tiempo para despedirse, sentirse escuchado y seguir viviendo con dignidad hasta el último momento.

Necesitamos aprender un nuevo lenguaje sobre la muerte

Existe un concepto que resulta especialmente interesante para esta conversación: alfabetización sobre la muerte (death literacy).

Se refiere al conocimiento, las habilidades y la capacidad que desarrollamos para comprender y afrontar situaciones relacionadas con el morir, la muerte, los cuidados al final de la vida y el duelo.

No significa convertirnos en especialistas, significa saber un poco más, poder preguntar, conocer opciones, hablar con nuestra familia, comprender algunos procesos, saber dónde buscar ayuda y desarrollar mayor confianza para acompañar cuando la vida nos coloque frente a estas experiencias.

Quizá necesitamos educarnos sobre la muerte de la misma manera en que hemos aprendido a educarnos sobre otras etapas de nuestra existencia, porque aquello que conocemos no necesariamente deja de doler, pero puede dejar de resultarnos completamente desconocido.

Romper el silencio puede comenzar con una pregunta sencilla

No necesitamos reunir a toda nuestra familia alrededor de una mesa y anunciar solemnemente: “Hoy vamos a hablar sobre la muerte”.  Podemos comenzar de otra manera, con pequeñas conversaciones, preguntando a nuestros padres cómo imaginan su vejez o si ya son personas muy adultas, consultando cómo  se sienten con respecto al tema, indagar sobre qué significa para cada uno vivir con calidad de vida,  preguntando qué cosas serían importantes si alguna vez necesitaran cuidados paliativos, hablando sobre nuestros temores, escuchando sin corregir y especialmente, permitiendo que cada persona tenga una manera diferente de comprender la vida y su final.

Tal vez educarnos sobre la muerte no consiste en encontrar respuestas para todas nuestras preguntas, consiste en dejar de tener miedo de formularlas.

Para llevar contigo

Pensá por un momento en tu propia historia: ¿Cómo se hablaba de la muerte en tu familia?

  • ¿Se hablaba abiertamente?
  • ¿Se evitaba?
  • ¿Los niños participaban de las despedidas?
  • ¿Había palabras que no podían pronunciarse?
  • ¿Recordás la primera vez que comprendiste que alguien podía morir?

Y ahora pregúntate algo más:

  • ¿Cuánto de aquella manera de vivir la muerte continúa presente hoy en vos?

No necesitamos juzgar a quienes estuvieron antes ya que cada generación hizo lo que pudo con las herramientas, creencias y conocimientos que tenía, pero nosotros podemos aprender algo diferente. Podemos comenzar a construir una relación más consciente con nuestra propia finitud, una relación en la que exista espacio para el miedo, pero también para la información, para el dolor, pero también para las palabras, para las despedidas, pero también para el amor; porque quizá romper el silencio alrededor de la muerte no significa hablar constantemente de ella, significa saber que, cuando necesitemos hacerlo, podremos sentarnos juntos y conversar.

Seguiremos conversando…

En la próxima entrega de esta serie daremos un paso más: Educar para la muerte es educar para la vida.

Hablaremos sobre qué significa realmente prepararnos emocionalmente para nuestra finitud y por qué comprender que la vida tiene un límite puede transformar la manera en que elegimos vivirla, porque esta serie sigue hablando de muerte, pero, en el fondo, cada vez estamos hablando más de la vida.

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