Educar para la muerte es educar para la vida

Prepararnos emocionalmente para la finitud no significa vivir esperando la muerte, significa aprender a vivir sabiendo que nuestro tiempo tiene valor.

En las entregas anteriores de esta serie hemos recorrido dos conversaciones importantes: primero reconocimos que la muerte también forma parte de la vida, después nos preguntamos por qué nos cuesta tanto hablar de ella, y encontramos silencios familiares, miedos, creencias culturales y diferentes formas de negación. Hoy quiero proponerte dar un paso más, no solamente hablar de la muerte, sino educarnos para comprenderla, esto puede parecer una idea extraña e incluso incómoda porque estamos acostumbrados a educarnos para comenzar etapas: estudiamos para ejercer una profesión, buscamos información antes de convertirnos en padres, aprendemos sobre relaciones, alimentación, envejecimiento, finanzas y tantas otras dimensiones de nuestra existencia; es decir, nos preparamos para comenzar, nos preparamos para crecer, nos preparamos para construir, pero pocas veces pensamos que también podemos prepararnos emocionalmente para aceptar que nuestra vida es finita.

Y quizá allí exista una paradoja profundamente hermosa: cuando comprendemos que nuestro tiempo no es infinito, comenzamos a descubrir cuánto vale cada minuto de nuestra existencia.

¿Qué significa educarnos para la muerte?

No significa aprender a no tener miedo, no significa resignarnos, no significa pensar constantemente en nuestro final y mucho menos significa dejar de hacer planes para el futuro.

Educar para la muerte significa desarrollar conocimientos, recursos emocionales y capacidad de conversación para relacionarnos de una manera más consciente con una realidad inevitable de nuestra existencia; significa aprender sobre el morir, comprender mejor el duelo, conocer qué significa acompañar, hablar sobre nuestros deseos, reconocer nuestros temores y muy importante… aprender a escuchar los temores de otras personas e incluso permitirnos formular preguntas que quizá nunca antes nos habíamos atrevido a hacer.

La literatura sobre alfabetización sobre la muerte (death literacy) plantea precisamente la importancia de desarrollar conocimientos y capacidades que permitan a las personas y comunidades desenvolverse con mayor confianza ante situaciones relacionadas con la muerte, el morir y la pérdida, no se trata de convertirnos en especialistas, se trata de dejar de llegar completamente desprovistos de palabras cuando la vida nos coloque frente a estas experiencias.

Prepararnos emocionalmente no significa eliminar el miedo

Podemos leer muchos libros sobre la muerte, podemos conocer los procesos del duelo, podemos conversar sobre cuidados al final de la vida y aun así sentir miedo; porque el conocimiento no elimina nuestra condición humana. La muerte puede despertar temor a lo desconocido, a la separación, al sufrimiento, a perder el control o a dejar a quienes amamos; así que prepararnos emocionalmente significa poder reconocer esos temores sin sentir que debemos esconderlos.

Podemos preguntarnos: ¿Qué es exactamente lo que me asusta cuando pienso en morir?

Tal vez descubramos que no tememos únicamente a la muerte, quizá tememos sufrir, depender de otras personas, perder autonomía, no haber resuelto determinadas relaciones, dejar asuntos pendientes, no poder despedirnos o incluso sentir que nuestra vida pasó demasiado rápido.

Cuando logramos poner palabras a nuestros temores, algo comienza a cambiar, descubrimos que no necesariamente desaparecen, pero dejan de ser una sombra sin nombre.

Reconocer nuestra finitud puede transformar nuestras prioridades

Vivimos haciendo planes y se vuelven frecuentes frases como: cuando tenga tiempo, cuando termine este proyecto, Cuando los hijos crezcan, Cuando tenga más dinero, Cuando me jubile, algún día.

Y así podemos pasar buena parte de nuestra existencia preparándonos para una vida que parece estar siempre un poco más adelante, sin embargo, la conciencia de nuestra finitud introduce una pregunta diferente: ¿Y qué pasa con la vida que está ocurriendo hoy?

El médico Atul Gawande, en Being Mortal, reflexiona sobre la importancia de comprender qué hace que la vida tenga significado para una persona cuando aparecen la enfermedad, la fragilidad o la cercanía del final y caemos en razón al descubrir que quizá no necesitemos esperar hasta entonces para hacernos estas preguntas:

  • ¿Qué hace que mi vida tenga sentido ahora?
  • ¿Qué personas son importantes para mí?
  • ¿Qué estoy postergando?
  • ¿Qué necesito dejar ir?
  • ¿Qué quiero seguir construyendo?
  • ¿A qué estoy dedicando mi tiempo?

Cuando reconocemos que nuestra vida tiene un límite no necesariamente reduce nuestros proyectos, pero si podemos determinar ser más selectivos para elegirlos mejor.

Hay una diferencia entre estar vivos y sentirnos vivos

Podemos cumplir obligaciones, levantarnos cada mañana, trabajar, resolver problemas, pagar cuentas, atender responsabilidades, llegar cansados al final del día, dormir ycomenzar nuevamente a la mañana siguiente; todo eso forma parte de la vida.

Pero algunas veces la rutina puede alejarnos lentamente de aquello que nos hace sentir verdaderamente presentes es entonces cuando la conciencia de nuestra finitud puede convertirse en una pregunta incómoda, pero necesaria:

¿Estoy habitando mi vida o solamente estoy cumpliendo con ella?

No necesitamos abandonar nuestras responsabilidades ni transformar radicalmente nuestra existencia; a veces vivir con mayor conciencia comienza con cosas mucho más pequeñas como  compartir una comida sin mirar el teléfono, llamar a alguien que extrañamos, caminar despacio, descansar sin sentir culpa, decir lo que sentimos. mirar un atardecer, reír, pedir perdón, dar las gracias, decir te quiero; es decir la vida también ocurre allí.

Educar para la muerte también significa aprender a acompañar

Nuestra educación sobre la muerte no tiene que ver únicamente con nuestro propio final, también puede prepararnos para uno de los momentos más delicados de nuestra existencia: acompañar a alguien que amamos cuando su vida se acerca al final.

Muchas veces queremos ayudar y no sabemos cómo, buscamos las palabras correctas, intentamos animar, decimos que todo estará bien porque no sabemos qué más decir; pero acompañar no siempre significa hablar. Puede significar escuchar, sostener una mano, permitir el silencio o incluso preguntar:

  • ¿Qué necesitás?
  • ¿Querés hablar?
  • ¿Querés que me quede?

Y respetar la respuesta.

Los cuidados paliativos han contribuido profundamente a ampliar nuestra comprensión del final de la vida al reconocer que las necesidades de una persona no son solamente físicas. La Organización Mundial de la Salud señala que este abordaje considera también dimensiones psicológicas, sociales y espirituales y contempla el acompañamiento de la familia. Hay momentos en los que quizá no podamos cambiar lo que está sucediendo, pero todavía podemos decidir cómo estar presentes.

Prepararnos también significa poder decidir

Existe otra dimensión importante de educarnos para nuestra finitud: conocer y comunicar nuestros deseos:

  • ¿Qué significa para mí calidad de vida?
  • ¿Qué cosas serían importantes si algún día enfrentara una enfermedad grave?
  • ¿Quién quisiera que estuviera conmigo?
  • ¿Cómo quisiera ser cuidado?
  • ¿Qué conversaciones debería tener con mi familia?

Estas preguntas pueden resultar incómodas precisamente porque imaginamos escenarios que preferiríamos no enfrentar, sin embargo, conversar sobre nuestros valores y preferencias puede convertirse en un acto de cuidado para nosotros y también para quienes algún día podrían tener que acompañarnos o participar en decisiones difíciles.

Hablar antes permite conocer, conocer permite comprender y comprender puede evitar que quienes amamos tengan que adivinar.

También necesitamos aprender a despedirnos

No todas las despedidas ocurren frente a una muerte porque la vida está llena de pequeños finales cuando terminamos etapas, dejamos trabajos, nuestros hijos crecen, cambian nuestros cuerpos, algunas relaciones terminan, nos mudamos, envejecemos, perdemos capacidades, nos despedimos de versiones anteriores de nosotros mismos; tal vez por eso aprender sobre la muerte también puede enseñarnos algo acerca de las transiciones; podemos confimar que nada permanece exactamente igual; eso sí,  aceptar esa realidad no significa que los cambios dejen de doler.

Aceptar los cambios significa comprender que terminar también forma parte de vivir que cada final nos recuerda que hubo algo que existió, algo que importó, algo que dejó una huella y aprender a despedirnos puede ser también una manera de agradecer.

¿Y si la muerte pudiera convertirse en una maestra de vida?

No necesitamos idealizarla pues la la muerte puede ser dolorosa, puede llegar demasiado pronto e incluso puede parecernos injusta, puede romper nuestros planes y dejarnos frente a preguntas difíciles. No necesitamos convertirla en algo hermoso para poder aprender de su existencia, basta reconocer una verdad: nuestro tiempo es limitado, y esa verdad puede ayudarnos a mirar de otra manera el tiempo que todavía tenemos.

Quizá nos invite a reconciliarnos, a poner límites, a cuidar nuestro cuerpo. a descansar. a dejar de postergar ciertas decisiones, a expresar afecto, a vivir con mayor coherencia. a elegir mejor dónde ponemos nuestra energía y también a comprender que no necesitamos una vida perfecta para tener una vida significativa.

Educar para la muerte es educar para la vida

Tal vez ahora esta frase tenga un significado diferente. Educar para la muerte no consiste únicamente en saber qué sucede al final de nuestra existencia, consiste en comprender nuestra condición humana:

  • Somos temporales
  • Somos vulnerables
  • Necesitamos a otras personas
  • Amamos
  • Perdemos
  • Cambiamos
  • Nos despedimos

Y precisamente porque nuestra existencia tiene un límite, cada día que vivimos tiene un valor que no puede repetirse porque no sabemos cuántos días tendremos, pero podemos preguntarnos qué queremos hacer con cada minuto de nuestro tiempo de manera consciente.

Para llevar contigo

Hoy quiero proponerte un ejercicio muy sencillo porque no necesitas pensar en cómo será tu muerte, todo lo contrario piensa en tu vida y pregúntate:

Si supiera profundamente que mi tiempo es valioso, ¿qué comenzaría a hacer diferente?

  • Quizá llamarías a alguien
  • Quizá descansarías
  • Quizá dejarías de sostener algo que hace tiempo dejó de hacerte bien
  • Quizá comenzarías ese proyecto
  • Quizá pedirías ayuda
  • Quizá perdonarías
  • Quizá simplemente cerrarías los ojos por un instante y agradecerías estar aquí

No necesitamos esperar una pérdida para descubrir el valor de la vida porque podemos aprenderlo ahora:

  • Mientras estamos aquí
  • Mientras podemos elegir
  • Mientras podemos abrazar
  • Mientras podemos decir
  • Mientras podemos cambiar
  • Mientras todavía estamos llenos de vida
Seguiremos conversando…

En nuestra próxima entrega abordaremos una de las experiencias más sensibles de esta serie:  Cuando la muerte se acerca.

Hablaremos sobre acompañar, escuchar, respetar, permitir despedirse y comprender que, algunas veces, cuando ya no podemos cambiar lo que está sucediendo, todavía podemos ofrecer algo profundamente humano: nuestra presencia.

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